El
problema no son las drogas, el problema somos nosotros: el ser
humano.
Habitantes
de una sociedad que no nos gusta, productos de una cultura que nos
obliga a amarla tal y como es y no cambiarla, preferimos consumir
drogas y cambiar nuestra triste percepción, que cambiar la realidad
en sí misma, volviéndonos así dependientes de esta alteración que
en un principio nos salva del sufrimiento, pero que termina
conduciéndonos de nuevo a él.
Hemos
de preocuparnos por ese sufrimiento que nos lanza al consumo.
Centrándonos
en el país en el que vivimos, la sociedad ha cambiado tanto y en tan
poco tiempo que hemos terminado accidentados por la velocidad y
buscando el equilibrio emocional, la salvación (que quizás antes se
hallaba rezando a Dios), en la droga. Y es que estamos en el auge del
consumo.
Es
comprensible que prefiramos modificar nuestro mundo y no el externo,
cuando, desde nuestros primeros pasos, el útero social, más
agobiante que el materno, nos dice lo que debemos hacer y amenaza con
excluirnos en caso de no cumplir con las reglas, de violar la
normalidad.
Somos
manipulados, no siendo más que elementos pasivos de este mercado
económico.
A
la sociedad no le interesa calmar nuestro dolor si este genera
dinero. Nos engañan con productos que aseguran darnos felicidad,
cuando en verdad solo son escalones que subimos, ciegamente, hacia
una total y patética dependencia.
Quizás
sea mejor la intoxicación crónica que, como dice Freud, la
desesperada tentativa de rebelión que es la psicosis.
Los
medios de comunicación apuntan a los adolescentes como ratas
consumidoras, pero es la sociedad entera quien consume.
Los
fracasos de las políticas antidroga tal vez sean debidos a que en
realidad no interesa erradicarla.
En
conclusión, mientras el dolor humano exista, la evasión será
necesaria, y la droga, más cercana que cualquier dios, estará con
nosotros.