martes, 22 de julio de 2014

Reflexión sobre las drogas

El problema no son las drogas, el problema somos nosotros: el ser humano.
Habitantes de una sociedad que no nos gusta, productos de una cultura que nos obliga a amarla tal y como es y no cambiarla, preferimos consumir drogas y cambiar nuestra triste percepción, que cambiar la realidad en sí misma, volviéndonos así dependientes de esta alteración que en un principio nos salva del sufrimiento, pero que termina conduciéndonos de nuevo a él.
Hemos de preocuparnos por ese sufrimiento que nos lanza al consumo.
Centrándonos en el país en el que vivimos, la sociedad ha cambiado tanto y en tan poco tiempo que hemos terminado accidentados por la velocidad y buscando el equilibrio emocional, la salvación (que quizás antes se hallaba rezando a Dios), en la droga. Y es que estamos en el auge del consumo.
Es comprensible que prefiramos modificar nuestro mundo y no el externo, cuando, desde nuestros primeros pasos, el útero social, más agobiante que el materno, nos dice lo que debemos hacer y amenaza con excluirnos en caso de no cumplir con las reglas, de violar la normalidad.
Somos manipulados, no siendo más que elementos pasivos de este mercado económico.
A la sociedad no le interesa calmar nuestro dolor si este genera dinero. Nos engañan con productos que aseguran darnos felicidad, cuando en verdad solo son escalones que subimos, ciegamente, hacia una total y patética dependencia.
Quizás sea mejor la intoxicación crónica que, como dice Freud, la desesperada tentativa de rebelión que es la psicosis.
Los medios de comunicación apuntan a los adolescentes como ratas consumidoras, pero es la sociedad entera quien consume.
Los fracasos de las políticas antidroga tal vez sean debidos a que en realidad no interesa erradicarla.


En conclusión, mientras el dolor humano exista, la evasión será necesaria, y la droga, más cercana que cualquier dios, estará con nosotros. 

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